28 de marzo de 2019

Mi hijo pega a otros niños: la agresividad infantil

Mi hijo pega a otros niños: la agresividad infantil
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La agresividad infantil es una respuesta emocional que se caracteriza por un sentimiento de insatisfacción, rabia y deseo de dañar a alguien o a algo. Los niños, al igual que los adultos, también poseen estos sentimientos. Y es que, bajo su apariencia de dulces angelitos, nuestros hijos, pueden ocultar, aunque nosotros no seamos conscientes de ello, todo un cúmulo de frustraciones.

Distintas formas de agresividad
La agresividad a estas edades puede manifestarse de formas muy diversas. Las agresiones físicas directas son una de ellas. Cuando nuestro pequeño pega, muerde o da patadas a sus amigos del parque porque le han quitado su camión preferido está actuando de dicha forma.
Las agresiones indirectas desplazadas, por su lado, son aquellas que se manifiestan cuando nuestro pequeño dirige su agresividad hacia otra persona u objeto distinto del que desencadenó su frustración.
Así puede darse el caso de que le hayamos reñido y acto seguido comience a pegar a su hermano mayor porque se siente ofuscado y enfadado con nosotros.
En otras ocasiones la agresividad aparece en forma de reacciones explosivas. Puede que alguna vez le hayamos obligado a comerse un puré de verduras y haya comenzado a patalear y llorar sin parar. Estas rabietas son muy habituales en la mayoría de los niños. Incluso lo más buenos tienen alguna de vez en cuando. Es su forma de preguntarnos: ¿Hasta dónde puedo llegar mamá?
Una última forma que tienen los niños de expresar su agresividad es de forma verbal. Si nuestro hijo ya sabe hablar habremos comprobado, alguna que otra vez, como cuando se siente frustrado nos contesta mal, le da por insultarnos, por decirnos "no te quiero", no duda en ridiculizar a otro niño o, lo que es aún peor, comienza a acribillarnos a "palabrotas".

Cómo se manifiesta
La forma que tienen los niños de manifestar su agresividad es diferente en cada edad. Cuando son bebés se sienten obligados a plegarse a nuestras costumbres y exigencias pero cuando son un poco más mayores... las cosas cambian.
Por lo general, es en la etapa entre los dos y los cuatro años en donde aparece una crisis de agresividad negativista más acusada.
En este momento el niño intenta afirmar su "yo" y tiende a oponerse a todo lo que le decimos. Durante esta fase las rabietas son su válvula de escape.
A partir de los cuatro o cinco años, la agresividad pasa a manifestarse a través de la agresión verbal: Insultos, palabrotas, acusaciones... del tipo "mamá eres tonta" o "idiota, ya no te quiero".

El origen de la agresividad
Existen muchos motivos por los que nuestro hijo puede comportarse de una forma agresiva. En primer lugar tendríamos que detenernos en su temperamento: ¿Es nuestro pequeño un niño con mucho carácter? ¿Lo somos nosotros? No cabe duda que si en casa todos tenemos una personalidad muy acusada el niño no podrá evitar sentirse influido por el ambiente que le rodea a diario.
La agresividad también puede tener como origen algún tipo de frustración. Nuestro hijo está en esa edad en que todo lo quiere y cuando no lo consigue su forma de expresar su impotencia es mediante la agresión. Pero no siempre la frustración genera este tipo de comportamientos: Sólo se manifiestan cuando ésta es intensa, inesperada o arbitraria.
Algunos casos en los que los niños suelen actuar de forma agresiva son cuando sus padres son demasiado autoritarios, tienden a imponerle castigos injustos, se suelen comportar de una forma totalmente sobreprotectora...

Otros motivos...
Los niños más agresivos suelen ser aquellos que durante su infancia padecieron la separación de los padres ya sea por fallecimiento, abandono... Cuando un niño tan pequeño como el nuestro se siente rechazado o poco querido puede llegar a desconfiar del mundo en general llegando a tratar a los demás como sus padres le trataron a él.
También cuando no se le ha ofrecido a un niño el cariño suficiente puede tener arrebatos agresivos. Este suele ser el típico caso, por ejemplo, de los padres demasiado absorbidos por el trabajo.
El sentimiento de inseguridad es otro de los detonantes más habituales de la agresividad. Suele manifestarse cuando el pequeño se siente inseguro en el colegio o con sus padres. En ambas situaciones lo normal es que se termine defendiendo a mordisco limpio con el primero que se cruce en su camino.
Lo mismo suele ocurrir cuando existen desacuerdos entre los padres en lo que respecta a la educación del niño (padres que se suelen desautorizar el uno al otro, por ejemplo). En estos casos la confusión que siente el pequeño le induce a actuar agresivamente.

¿Pegón o caprichoso?
Puede darse el caso, asimismo, de que la agresividad de nuestro hijo se encuentre motivada simplemente por su incapacidad para controlar sus impulsos. Siempre que sea así, debemos comprender que es aún muy pequeño para canalizar correctamente sus enfados por lo que debemos evitar preocuparnos en exceso y, más aún, si sus arrebatos se producen muy de vez en cuando. Lo que debemos hacer es ayudarle a dominarse a cada momento para que sus enfados no terminen convirtiéndose en una costumbre.
De igual forma, debemos analizar si las rabietas de nuestro pequeño son fruto, simplemente, de una actitud caprichosa. Y es que, no es lo mismo un niño mimado que un pequeño agresivo. Si este es nuestro problema, cada vez que nuestro hijo agarre una rabieta por un nuevo juego o unos caramelos procuraremos evitar claudicar ante sus exigencias. Al comprobar que no nos amedrentamos ante sus pataletas dejará de utilizarlas como un mecanismo para satisfacer sus exigencias.

Soluciones prácticas
Para poner freno a la agresividad de nuestro hijo tendremos que poner en marcha un pequeño "plan de choque". En primer lugar si mordió a alguien o así mismo procederemos a curar rápidamente las heridas. Aunque parezca una tontería conviene tratar inmediatamente este tipo de lesiones pues las bacterias de la boca podrían terminar jugándonos una mala pasada.
Después, convendrá que le expliquemos con mucha calma que lo que ha hecho no está bien. Lo que no debemos hacer nunca es castigar al niño con amenazas o pegarle por su conducta agresiva. Si lo hiciésemos le estaríamos enviando mensajes contradictorios: "Mamá me dice que pegar está mal pero en cambio bien que ella me ha dado tres azotes".

Otras alternativas
Una alternativa para conseguir mejorar la conducta del niño es intentar aislarle cuando se muestre agresivo. Podemos decirle, por ejemplo, que se quede en su cuarto o en una esquina del jardín o parque un buen rato. Así, mientras se aburre sin tele o sin juguetes, podrá pensar en lo mal que se ha comportado.
Otra opción es intentar reforzar la conducta contraria elogiándole cada vez que sea agradable y correcto con los demás.
Si la agresividad de nuestro hijo solo aparece cada vez que intenta conseguir una chuchería, debemos procurar mantenernos firmes. Por mucho que llore o grite, por mucho que se tire en al suelo o se ponga a patalear cada vez que vamos a la bollería no debemos ceder. Cuando se canse de gritar le haremos ver que con esa actitud no va a conseguir absolutamente nada.
También debemos intentar no prestar mucha atención a sus arrebatos. En algunos casos lo único que pretenden los niños es llamar la atención por lo que debemos hacerles ver que esta no es la mejor vía para conseguir sus propósitos.

Irene Gutiérrez

Asesora: Teresa Artola. Doctora en Psicología y Orientadora familiar

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