28 de mayo de 2020

Treinta y tantos... y sin compromiso, ¿no hay prisa?

Treinta y tantos... y sin compromiso, ¿no hay prisa?
Cada vez los jóvenes tardan más tiempo en formar familia - ISTOCK

Cada vez resulta más normal encontrarse con amigos que, tras los clásicos saludos, cuando se inician las preguntas más íntimas sobre su situación personal, dan respuestas del tipo: "ya ves, treinta años y sin novia/o", "no tengo prisa, ya aparecerá", "como me he volcado en la carrera y luego en buscar trabajo, no he tenido tiempo de ocuparme de estas cosas", "tal como está el patio de revuelto, prefiero quedarme soltero", y otras parecidas. ¿A qué obedece esta situación?

En estos años, asistimos a uno de los hechos objetivos más incuestionables, relacionados con la familia, que consiste en un claro aumento de la edad a la que se contrae matrimonio. Como edad media, las mujeres se casan a los 28 años y los varones se aproximan a los 31 años. Todo esto ha motivado que el mayor número de nacimientos se produzca en las mujeres entre los 30 y los 34 años, cuando hace años la mayor fecundidad se producía entre las mujeres de 22 y 25 años.

Síndrome del retraso en la independencia

Hace unos años, la salida del hogar paterno, el trabajo, el matrimonio y los hijos eran hechos que se producían muy próximos en el tiempo. Es decir, la independencia con respecto a los padres, por parte de los hijos, eran sucesos buscados con cierta ansia de madurez e independencia, para dar paso a una nueva situación familiar.

Hoy día se acumula un retraso en cada una de estas etapas, que algunos demógrafos han calificado como "síndrome del retraso". Así nos encontramos que para conseguir una mayor cualificación profesional, los estudios se alargan considerablemente (también se produce en algunos casos que, al no encontrar trabajo, se inician estudios como una forma de no estar sin hacer nada).

Compromiso y responsabilidad

Tampoco se debe olvidar que para cualquier cosa importante en la vida (y el futuro matrimonio lo es) hace falta asumir ciertas responsabilidades presentes y futuras, es decir, comprometerse. De entrada, los jóvenes se encuentran con una cierta desconfianza e incertidumbre ante el futuro, por lo que se intenta afanosamente asegurar el porvenir a toda costa. Hoy en día nos encontramos con una cierta mentalidad que lleva a asegurar, en primer lugar, cuestiones de tipo laboral, vivienda, etc., antes de iniciar o estabilizar un noviazgo previo al matrimonio, o antes de aventurarse fuera del calor familiar.

El matrimonio aparece en un horizonte más o menos lejano, así como el proceso previo: el noviazgo. "No tengo prisa", "prefiero tener todo resuelto"... son las frases que se oyen con cierta frecuencia cuando charlan varios amigos, comentando su futuro. Sin embargo, la vida está llena de problemas, grandes y pequeños, y lo cierto es que cuando los comienzos han sido difíciles, luego los pequeños encontronazos no hacen mella, pues es fácil relativizarlos. Sin embargo, cuando se pretende tener todos los cabos atados, y comenzar una vida plácida, puede ocurrir que un pequeño problema eche todo por la borda al faltar la perspectiva necesaria.

Treinta y tantos... ¿no hay prisa?

Con esta falta de prisa, no es extraño encontrar a jóvenes a punto de entrar en la treintena para los que el noviazgo y/o el matrimonio es una meta, pero que ya llegará. Uno de los peligros reside en que, por dejar pasar trenes, llegue un momento en que no pase ningún otro.

No es de extrañar, pues si se trata de una relación que durará toda la vida, resulta lógico encontrar alguien que sintonice en nuestra misma onda, aunque lo haga con mil formas y enfoques distintos. En lo esencial, en esas cosas que al final dan el peso específico en una relación, es muy importante estar de acuerdo, pues sobre ese acuerdo van a sentarse las bases de la propia felicidad. Incluso cuando se comienza un noviazgo en la década de los 30 parece lógico que los primeros temas de los que se deba hablar sean: el estilo de vida, el tipo de educación, el tamaño de la familia... para no llevarse sorpresas después.

De nuestra parte

No resulta extraño, en una sociedad como la actual, llegar a los treinta años sin tener en una perspectiva inmediata el matrimonio. Pero, quizá, haya que temer las causas que lo producen. Si a esta edad se rehuye el compromiso, no se quiere pensar a largo plazo, los jóvenes tienen el peligro de quedar "instalados" en una perpetua comodidad que llegue a adormecer los proyectos e intereses que, poco antes, aún ilusionaban.

Hace falta poner de nuestra parte para complicarse la vida, porque pasar los fines de semana leyendo plácidamente en el sillón de casa no ayuda, precisamente, a conocer a nadie. Además, el amor puede estar esperando a la vuelta de la esquina.

Para pensar... a los treinta y tantos

- Los jóvenes deben procurar moverse en ambientes sanos en los que se encuentren a gusto, con actividades que faciliten la grata convivencia y se fomente la buena amistad entre todos. Así se facilitan y encauzan las relaciones entre chicos y chicas.

- A veces, la dificultad en encontrar novio/a radica en pretender buscar la persona perfecta; quizá uno se está buscando a si mismo, y no se da cuenta que todos estamos llenos de defectos e imperfecciones, y que por tanto ese ideal que se ha formado en su imaginación, sólo puede estar... en su imaginación.

- Hay que tantear antes de lanzarse. Si esa amiga que tanto te gusta no comparte los mismos valores... se debe tener claro que el matrimonio no transformará -en principio- su forma de pensar.

- Es mejor no tener novio o novia que precipitarse en una decisión por el mero agobio de haber cumplido treinta años.

- Un viaje organizado en verano, un club deportivo... Existen miles de caminos para alcanzar el "tren del noviazgo". Lo importante, en cualquier caso, es no quedarse de brazos cruzados en casa.

- Quizá seamos nosotros los que estamos espantando a esas "posibles" novias (o novios) sin darnos cuenta. ¿Somos radicales en nuestra opiniones? ¿Carecemos de tacto o amabilidad?... Llevar un noviazgo a buen término implicar ser capaces de desplegar toda una serie de "encantos".

Una buena práctica consiste en imaginarse a uno mismo en el futuro, por ejemplo, con cuarenta, cincuenta, sesenta años. Aunque a los treinta, la situación de soltero puede resultar muy agradable e interesante, esa comodidad y falta de capacidad para asumir compromisos puede pasar factura en las próximas décadas que más pronto o más tarde llegarán.

Ricardo Regidor
Asesoramiento: Juan José Ávila. Profesor, asesor juvenil y responsable de la asociación Nuevo Foro

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