Por qué es más gratificante lo fácil para los niños (y no se esfuerzan)

Por qué es más gratificante lo fácil para los niños (y no se esfuerzan)
18 de septiembre de 2018 ISTOCK

¿Qué está pasando? Tradicionalmente la segunda infancia ha sido un período de ilusiones, un momento de felicidad, cuando el niño va descubriéndose a sí mismo (autoconcepto) y tomando conciencia real de cuántas cosas es capaz de hacer, pensar y sentir por sí mismo (autoestima). De experimentar que el esfuerzo merece la pena pasan a quejarse de un trabajo que les "cuesta" y les parece mucho más gratificante lo "fácil".

Son las ocho de la tarde. Alberto, de 10 años, llega a su casa después de un día "agotador" en el colegio, en natación y en inglés. El profesor le ha llamado la atención varias veces y para colmo le ha pedido salir a la pizarra justo cuando tocaba resolver el problema que él no entendía. Ha salido del colegio enfurecido, solo tenía ganas de llegar a casa, encerrarse en su habitación y no volver al colegio nunca más.

Pero al llegar se ha encontrado con que su madre ya había vuelto. Ha empezado a explicarle su problema pero ella mientras revisaba el correo le ha dicho que se vaya pronto a su habitación, que si quiere juegue un rato con la videoconsola o vea la televisión y luego se ponga a hacer los deberes.

En efecto, Alberto se ha ido a su habitación, pensando que era un desastre, ha encendido la videoconsola y por supuesto se ha pasado lo que quedaba de tarde jugando; al menos aquí gana, y si no con reiniciar el juego asunto arreglado y además nadie le riñe.

Dos tipos de niños en relación al esfuerzo

Según un estudio conjunto de las universidades de Chicago y Stanford, dirigido por la psicóloga Carol Dweck, existen dos tipos de niños en función de su actitud ante el esfuerzo. Al primer tipo, pertencen aquellos niños que piensan que el éxito de sus logros depende directamente de sus habilidades, inteligencia y talento, y al segundo, los que saben que no hay éxito sin trabajo, esfuerzo y perseverancia.  

Esta es la razón por la que para algunos niños es más gratificante lo fácil, concretamente, sobre todo para los del primer grupo. Así los niños que piensan que sus logros de sus habilidades cuando algo no les da bien a la primera o a la segunda, suelen dejarlo correr. Mientras que aquellos niños que no se rinden hasta que no les sale bien, lo intentarán una y otra vez hasta que lo consigan. 

No obstante, el estudio va más allá analizando el estado anímico de cada uno de los grupos de niños. El grupo de niños que piensan que el éxito depende de su inteligencia innata o de su talento se mostró más huidizo a aceptar desafíos porque pensaban que no los iban a lograr. Estos niños mostraron también una baja tolerancia a la frustración, no encajando bien sus errores. 

En cambio, el grupo de niños que saben que su éxito depende del trabajo y esfuerzo se mostraron más optimistas a la hora de aceptar nuevos desafíos. Su constancia y perseverancia hacen que vean el aprendixaje como un camino sin fin.

La falta de ilusión y el pesimismo infantil

Tanto en las aulas como en las consultas, es posible encontrar a niños tristes, desilusionados, "desmotivados", que ya desde los siete años dicen frases como estas: "¿para qué lo voy a intentar?, a mí esto me sale muy mal", "yo no sirvo para nada" "menudo rollo, esto es muy cansado"...

La tendencia de algunos niños al pesimismo, la baja autoestima, poco afán de superación, baja tolerancia a la frustración, falta de habilidades sociales, suelen estar motivados por diversos factores: 

1. El pesimismo puede tener un origen físico: una mala alimentación, falta de sueño, deficiencias sensoriales, enfermedades son motivos de peso para el pesimismo.También pueden existir algunos factores psicológicos que lleven al niño a este estado (determinados rasgos del carácter, desajustes o alteraciones psicológicas...).

2. El pesimismo puede tener un origen social: la actual cultura hedonista que solo valora el placer inmediato, el materialismo, el individualismo, la incesante competitividad puede marcar una personalidad aún sin desarrollar. Asimismo, las carencias afectivas en el hogar pueden llegar hacer una profunda mella en el carácter de un chico de esta edad.

3. El pesimismo puede tener un origen familiar: más en concreto en el estilo educativo de los padres, en el ritmo de vida que imponemos a los niños desde muy pequeños (exceso de actividades, de expectativas muy elevadas, poco tiempo al aire libre, soledad...) Parece que en ocasiones, los padres perdemos de vista que el objetivo de la educación de nuestros hijos debe ser ayudarles a ser personas felices. Pero la verdadera felicidad es la que no depende de las cosas o acontecimientos externos, sino la que está dentro de nosotros y nos ayuda a interpretar esa realidad en clave de optimismo e ilusión.

En busca de la felicidad de los niños

Motivar e incentivar la ilusión en los niños es fundamental para cultivar en ellos la cultura del esfuerzo. Precisamente, la edad ideal para hacerlo es partir de la segunda infancia, es decir, entre los 6 y los 10 años. Con ilusión y una autoestima fuerte los niños son capaces de esforzarse para conseguir lo quieren y al mismo tiempo ponerse nuevas metas y objetivos sin escatimar trabajo.

Y es que para valorar que el esfuerzo merece la pena, los niños deben ser felices y no deben caer en el pesimismo, en el desánimo o en la desidia. Para hacer niños felices, los padres necesitamos reflexionar sobre el estilo educativo que estamos imprimiendo en nuestra familia. Lo más habitual es que los padres seamos permisivos. Sin embargo, en palabras del profesor Aquilino Polaino: "El estilo permisivo en educación ya ha dado de si todo lo que tenía dentro y sus frutos han sido amargos. Hay que "regresar" a un estilo que no confunda permisividad, dejar hacer y comodidad, con el amor ni con la libertad. La felicidad infantil exige la seguridad del niño, y esta seguridad supone un estilo propio en educación, un estilo que pasa por el empleo equilibrado y adecuado según la edad y personalidad del niño, de la disciplina y la libertad y por la expresión sin medida del amor, de un amor humano que sea, mitad necesaria rigidez y mitad ternura infantil".

Marisol Nuevo Espín

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