13 de abril de 2020

Lorenzo Bermejo: “No creo que quepa hablar de pérdida de un año académico”

Lorenzo Bermejo: “No creo que quepa hablar de pérdida de un año académico”
Entrevistamos a Lorenzo Bermejo, autor de Mirando al futuro - ISTOCK

La incertidumbre que tenemos muchos padres con respecto a la suspensión de las clases presenciales nos hace plantearnos la efectividad del nuevo sistema de evaluación a través de internet. Lorenzo Bermejo, doctor en Dirección y Organización de Empresas y miembro del Consejo de Gobierno del Centro Universitario Villanueva, analiza las diferentes opciones para continuar con el curso académico utilizando la tecnología.

El autor de Mirando al Futuro hace hincapié en la importancia de establecer horarios de estudios para preparar a fondo este final de curso atípico. Gracias al buen uso de las tecnologías todos los alumnos terminarán sus cursos, incluidos aquellos que deban realizar la PAU.

La educación en tiempos del coronavirus

P. ¿Cómo ves el futuro académico de este año escolar y universitario marcado por la alarma sanitaria del coronavirus?
R. Este curso va a ser atípico, especialmente en su recta final. La situación de confinamiento nos ha llevado a todos los implicados, profesores, estudiantes y familias, a adaptarnos a un nuevo sistema de seguimiento y contacto. Cierto es que la situación está generando cierto estrés sobre padres y madres con hijos que por edad y ciclo formativo exigen un esfuerzo adicional, ya que tienen que compatibilizar sus propias responsabilidades profesionales, a través del teletrabajo, con el seguimiento de horarios y tareas de sus hijos. Algo similar, está sucediendo a los estudiantes de segundo de Bachillerato. En su caso, más por la incertidumbre sobre la preparación necesaria y fechas en que deberán realizar la EBAU. Ante esto cabe decir que las autoridades competentes son plenamente conscientes y ya han ido despejando parte de la incertidumbre con algunas de las decisiones que vienen adoptando. No cabe otra cosa que seguir la evolución de los acontecimientos y confiar en que se irán comunicando las medidas y las fórmulas adecuadas para afrontar esta atípica e imprevisible recta final del curso académico.

P. ¿Qué universitarios tienen más posibilidades de perder un año? ¿Qué va a pasar con los estudiantes de Medicina y otros que no puedan realizar sus prácticas?
R. Realmente, no creo que quepa hablar de la pérdida de un año académico. Sin duda, los que podrían salir un poco más perjudicados serían los estudiantes de último curso o aquellos que están finalizando un máster, y que en el horizonte tuvieran previsto acceder a algún examen de habilitación u oposición. En situación similar, en cuanto a posible perjuicio, estarían estudiantes cuya formación contemplara un periodo obligatorio de prácticas curriculares, como podrían ser los de Medicina u otros con requisitos similares. En todos estos casos, y siendo consciente de que no es fácil, les recomendaría tener paciencia y estar atentos a la información que, sin duda, les irán facilitando sus universidades. Dado que no hay precedentes, son decisiones de cierta complejidad. Pero, precisamente por ello, cabe esperar y confiar en que entre todos los actores encontraran soluciones razonables, para que el posible perjuicio que esta situación pudiera provocar, especialmente si se alarga en el tiempo, fuera el menor posible.

P. El sistema de exámenes online, ¿es efectivo? ¿Serán tipo test? ¿Estamos preparados para que los exámenes online salgan bien a nivel colectivo?
R. Desde hace tiempo existe tecnología, entendida como sistemas y plataformas, solventes y muy rodadas, para abordar con éxito la formación y la evaluación online. Desde luego que pueden ser tipo test, pero caben muchos otras posibilidades. Por ejemplo, puede enviarse a los estudiantes de manera síncrona formatos donde resolver cuestiones de manera temporalizada y aleatoria, preguntas que exijan razonamientos más complejos o exámenes orales por videoconferencia con el soporte correspondiente en cuanto a grabación y custodia.

En definitiva, creo que sí estamos preparados para la realización de exámenes o evaluaciones colectivas online, al igual que se imparten clases y se desarrollan chats en grupo.

Evidentemente, estoy dando por hecho que todo ello se debe adaptar a los diferentes ciclos formativos y a la edad de los estudiantes. Sin olvidar que habría que garantizar el acceso a los equipos, a internet y a los programas o plataformas que los soportan y ofrecen.

P. ¿Cómo debería gestionarse el tiempo de estudio un estudiante universitario en esta etapa de confinamiento para que no caigan en la desidia?
R. Exige un buen horario y disciplina para cumplirlo. En definitiva, marcarse una rutina en cuanto a hora de levantarse, comienzo y finalización de la actividad (tanto programada por la universidad, como planificada por criterio propio), descansos y tiempo libre. Puede ser de ayuda para no perder la conexión y el ritmo de trabajo revisar que se está haciendo, cada día, lo que corresponde. Es indudable que en la vida que les queda por delante tendrán que adaptarse y responder a diferentes contextos. Pueden tomarse esta situación como un reto. Si así lo asumen, estoy convencido que saldrán reforzados de la experiencia muy especialmente en el plano personal y, en particular, en la gestión de la voluntad.

P. ¿Cree que habrá un antes y un después en el sistema universitario tras el confinamiento y de cara a futuras oleadas?
R. Desde luego. En primer lugar, ha puesto a prueba y testado lo que puede llegar a permitir la tecnología en materia educativa y, por tanto, a evaluar su resultado. Desde mi punto de vista, viene siendo un gran apoyo, pero esta situación puede impulsar a que se haga un mayor uso de ella.

Esto va a obligar a comenzar cada año académico con una planificación más detallada de la enseñanza y teniendo en la retaguardia respuesta a posibles contingencias asociadas a situaciones similares hasta ahora impensables.

En este sentido, es absolutamente necesario pensar y disponer de la tecnología y de los sistemas de información plenamente actualizados y operativos. Por otra parte, creo que puede ser de gran ayuda a los estudiantes universitarios para hacerles más conscientes del protagonismo y de la responsabilidad que deben asumir en el seguimiento de sus estudios y formación, sea por el medio que sea. A este respecto, también me parece que la situación va a recordarnos y a dejar claro el valor de la enseñanza presencial. Personalmente, creo que ese contacto profesor-estudiante es irreemplazable y en algunos campos insustituible.

P. ¿Qué papel debemos tener los padres en la elección de la carrera de nuestros hijos?
R. Los padres debemos de partir de algo fundamental y es que a esta edad y ante esta decisión son ellos los protagonistas y, por tanto, a quienes les corresponde elegir. El recurso más importante es estar disponibles para ayudar y orientar, pero siempre pensando en ellos. Para ello es imprescindible conocerles bien y no dejarnos sesgar por lo que nosotros consideraríamos como “lo mejor” para él o para ella. Desde luego, debemos huir por todos los medios de que terminen eligiendo lo que a nosotros nos gustaría que hicieran. Mi experiencia me dice que aumenta la probabilidad de que no funcione como nos hubiera gustado y esperábamos. Tampoco agobiarnos porque no tienen las cosas claras o porque nos parece que andan muy desorientados o casi despreocupados. Como comento en alguno de los capítulos es normal y razonable que tengan dudas, casi incluso hasta el último momento. Ahí es donde tenemos que animarles con conversaciones que les abran perspectiva y les ayuden a tomar la mejor decisión, que, necesariamente, debe ser la suya.

P. ¿Por qué tenemos una obsesión con los dobles grados?
R. El paso de licenciaturas de cinco años a grados de cuatro con la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) hizo pensar que los alumnos estarían menos preparados y que el mercado laboral así lo iba a valorar. Por tanto, una manera de responder a ello era o bien hacer tras el grado un máster, o bien hacer un doble grado que generalmente dura cinco años. Quiero dejar claro que las dos alternativas son buenas opciones y, como tal, se valoran. Pero, también, que no siempre más es mejor que menos, desde luego si esa combinación no se aborda con profundidad y verdadero interés, y que lo importante es elegir aquellos estudios por los que realmente uno se siente atraído y, lo que es más importante, comprometido.

No hay estudios de primera o de segunda, como no hay profesionales y personas que puedan encuadrarse en esa clasificación.

P. ¿Cuáles son los principales obstáculos que se encuentra un joven al entrar en la universidad? 
R. El mayor obstáculo es adaptarse a esa nueva etapa. La universidad, como no puede ser de otra manera, es un entorno más exigente. Más exigente en cuanto a esfuerzo y, además, a estar preparado y dispuesto a tomar, ya de manera clara, las riendas de su vida. En la universidad se convierten en mayores de edad a todos los efectos y eso implica asumir la responsabilidad que les corresponde, en justa reciprocidad a una mayor libertad. También necesitan entender, y eso suele costar inicialmente, que la universidad es mucho más que formación técnica en un campo. A un universitario, que una vez se pasa por ella se es toda la vida, no hay nada que no le interese o le concierna. Tiene que plantearse a fondo las grandes cuestiones. Si solo busca obtener un título y una cualificación para trabajar habrá perdido una oportunidad única de conocerse más a fondo, y poder responder en el futuro a los grandes retos que las circunstancias le van a deparar. En la universidad va a empezar a configurar su proyecto de vida y creo que merece la pena asentarlos sobre pilares sólidos. Es una etapa maravillosa y llena de descubrimientos. Debe aprovecharse al máximo.

P. ¿Y cuándo se incorpora al mundo laboral?
R. En cuanto a la incorporación al mundo laboral creo que lo más importante es que estén convencidos de que están preparados para ello. Y volviendo a la idea anterior, creo que tendrán menos obstáculos si entienden la formación universitaria como el lugar para desarrollar valores y virtudes. Son estos los que marcan la diferencia. Hoy en día se pueden obtener los conocimientos necesarios en cualquier buena institución universitaria, pero el factor diferencial lo podrán aportar, y así lo va a valorar el mundo profesional, si se ha dedicado tiempo y espacios a ese desarrollo personal. Hoy más que nuca se buscan jóvenes “normales”. Normales en el sentido de personas con ganas de aprender, humildes, comprometidos, flexibles. En definitiva, jóvenes profesionales dispuestos a aportar y en los que se pueda confiar.

P. ¿Qué papel deben tomar los padres cuando su hijo se incorpora a la universidad?
R.
Lo primero es preocuparnos de cómo les va, pero no necesariamente preguntándoles como si estuvieran todavía en el colegio, sino estando atentos a lo que comparten, a su ritmo de trabajo y al compromiso con los estudios elegidos. Hay que aprovechar ocasiones o, sin forzar, animar a que compartan inquietudes, retos o proyectos. Desde luego, apoyarles en lo que esté en nuestras manos. Por ejemplo, que se planteen estancias en otros países, participación en actividades culturales o prácticas en los meses de verano. Desde luego, si hubiésemos incurrido en la sobreprotección, porque nos pueda nuestro instinto, es el momento de abandonarlo. Deben sentir la responsabilidad de que los resultados obtenidos, los aciertos o fracasos, la alegría o la frustración, la deben gestionar ellos. Nosotros podemos estar al tanto para animarles, para exigirles si se relajasen o para hacerles reflexionar sobre que los resultados obtenidos dependen fundamentalmente de su esfuerzo y no de causas externas.

Aunque suene duro, los padres nos quedamos en la puerta de la universidad.

La universidad así lo entiende y así lo va a demostrar. Invadir ese terreno sería intentar suplantar a nuestros hijos y no les haríamos ningún bien, sino todo lo contrario.

P. Algunos universitarios dudan el primer año sobre si la carrera que habían elegido era la adecuada. ¿Dónde está ese fino hilo entre el haberse hecho expectativas erróneas de una carrera y que de verdad no sea lo suyo?
R. Efectivamente, pueden surgir dudas en un primer año, y no cabe considerarlo como algo extraño. Hay grados en que los primeros cursos son, por decirlo de alguna manera, algo más abstractos, o quizá no tan cercanos a lo que se supone va a ser el ejercicio de la profesión esperada. Si bien la institución y sus profesores pueden ayudar a dar perspectiva y a que se entienda que son pasos, o piezas necesarias del puzle, puede generar cierta frustración, desilusión o desánimo. Ante esta posible situación, los padres podemos ayudarles a que lo asuman con paciencia y que lo interpreten como una inversión necesaria. Quizá muchos de nosotros pasamos por ello y, si lo compartimos con sentido del humor, puede ser de gran ayuda. Ahora bien, debemos estar atentos, porque puede haber casos en que los estudiantes se planteen, directamente, abandonar los estudios. Mi consejo es escucharles y ayudarles a dar con un diagnóstico lo más certero posible. Habrá casos en que es pura frustración por malos resultados a pesar del esfuerzo, más si se venían obteniendo resultados académicos brillantes; pero puede haber otros que la causa se encuentre en un desajuste entre la nueva exigencia y el esfuerzo necesario, o bien en falta de actualización o adecuación del método de estudio. En definitiva, no hay que precipitarse, ni, por supuesto, enfadarse. Hay que dar cierto tiempo y seguir el proceso. Lo que no parece sensato es adoptar decisiones rápidas e incluso a mitad de curso académico. Otra vez, el mejor “termómetro” será el conocimiento y cercanía a nuestros hijos. Solo así sabremos distinguir si lo que siente es algo circunstancial y temporal o algo que va más allá. En ambos escenarios nuestro papel debe ser recogerles y ayudarles a que elijan el camino a seguir: mayor y más eficaz esfuerzo o estudiar otra alternativa. El mundo no se acabará y seguro que se obtendrá alguna enseñanza para el futuro. Su felicidad, la que se escribe con mayúscula, es lo importante.

P. ¿Por qué recomienda a sus alumnos hacerse un selfie el primer día de universidad y otro el día que se gradúan) ¿Qué cambios suelen experimentar?
R.
La verdad es que es una sugerencia que les hago y, generalmente, me miran con cierto desconcierto, pero cuando se lo explico lo entienden y se lo hacen. Cuando pasan cuatro años basta mirarnos para compartir una sonrisa. Tras ella se oculta lo que intenté transmitirles cuando se lo propuse. La etapa universitaria es única y, como tal, todo estudiante que tiene la oportunidad de vivirla así debe considerarla y valorarla. Desde ese primer día hasta el último van acumulando experiencias de muy diversa naturaleza y se van enfrentando a muchos retos. Todo ello les permite conocerse en profundidad. Tienen que hacer frente a dudas, a miedos, a incertidumbre, a algunas certezas y a preguntas que solo ellos podrán responderse. Cuando comparan las fotos no suelen ver cambios físicos significativos, ya que no suelen ser demasiado profundos, sino cambios que se perciben cuando se fijan en sus propios ojos y, especialmente, en su mirada. ¡Todo lo que han vivido, todo lo que les espera! En esa mirada ven con más precisión expectativas y sueños, pero seguramente, y sobre todo, con mayor sentido y significado.

Natalia Pérez García

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